sábado, 10 de diciembre de 2016

Lorenza Foschini: El abrigo de Proust

Idioma Original: Italiano
Título original: Il cappotto di Proust. Storia di un'ossessione letteraria
Traducción: Hugo Beccacece
Año de publicación: 2010
Valoración: Recomendable / Imprescincible para mitómanos proustianos

Muy pocas veces el título de la obra define tan a la perfección lo que en ella nos encontraremos como en esta ocasión. Porque "El abrigo de Proust. Historia de una obsesión literaria" es el relato de la obsesión del perfumista y bibliófilo (en sus ratos libres) Jacques Guérin por un autor, Marcel Proust, y por una obra, "En busca del tiempo perdido"

Ay, Marcel Proust, la Recherche, las magdalenas… Mi adorado Marcel…

Resulta gracioso que alguien se dedique a acumular objetos y recuerdos del escritor de la memoria y el recuerdo por antonomasia, ¿no? ¿Qué pensaría de todo eso? Bah, dejémonos de elucubraciones.

Comienza el libro con la visita de su autora al parisino Museo de Carnavalet, en el que se encuentran buena parte de los objetos de Proust (muebles, ropa, cartas, versiones de sus obras, etc) que sobrevivieron a su muerte y a las posteriores mudanzas, herencias y disputas. A partir de esta visita, Foschini novela los hechos, no olvidemos que reales, que hicieron posible que esos objetos llegaran al Museo y conoceremos al hombre gracias al cual esto pudo suceder, el ya mencionado Jacques Guérin. 

Es curioso averiguar cómo pudo Guérin reunir todos esos objetos. Pues bien, a su obsesión por Proust y a su fortuna personal se unieron un poco de casualidad, otro poco de buenos contactos y un mucho de perseverancia, hasta el punto de revisar todos los días las necrológicas en la prensa para comprobar si algún familiar lejano de los Proust o algún contemporáneo de estos hubiese fallecido para presentarse en su funeral y ganarse su confianza. 

La cantidad de esfuerzo, de tiempo, de dinero, empleada por Guérin para ir acumulando tantas y tantas cosas. ¿Y todo eso para qué?

Pero volvamos al libro y veamos qué lo hace tan disfrutable, al menos para mí.

Resulta, en primer lugar, interesante el intento que hace Foschini de entender y explicar qué puede llevar a alguien a tratar de apropiarse de todo lo que queda de un autor (o artista, en general). Podría ser, por ejemplo, el "conservar, en cierto modo, aquel misterio latente que tienen los objetos de los otros cuando fueron amados y valorados por ellos, ..., el conservar, en cierto modo, una chispa de aquel amor, de aquel placer, y sentirse finalmente satisfecho" o el sentimiento de ser el "salvador de algo sagrado". No sé qué os parecerá, pero me da la impresión de que estas sensaciones o sentimientos son los mismos, a otra escala, que nos llevan a tratar de leer ávidamente toda la obra de algún autor que nos haya marcado de alguna manera, que nos haya descubierto nuevos mundos. ¿No os sentís en esas ocasiones como depositarios de algo único? ¿No llevamos todos un Jacques Guérin dentro?

Otro aspecto a destacar es la revisión de las relaciones familiares de Marcel Proust, tanto con sus padres como con su hermano Robert y su cuñada Marthe Dubois-Amiot, depositaria tras la muerte de Robert de la herencia de Marcel, y su contraposición a las relaciones familiares del propio Guérin. Personalmente, eran aspectos de la vida del autor que desconocía y resulta interesante conocerlos por lo que aportan de luz sobre su principal obra.

Uno podría pensar, por otra parte, que el tema del libro sea algo aburrido o pesado, pero lo cierto es que la narración es sumamente ágil y entretenida. Vale, son apenas 150 páginas, ¡pero es que me he leído en libro en poco más de una tarde! Mención especial para la edición de Impedimenta, desde la preciosa portada hasta las cartas, fotografías y retratos que se reproducen a lo largo del libro a medida que van apareciendo en la narración. Un verdadero lujo.

Solo añadir, para finalizar, que si eres un mitómano o un bibliófilo o un proustiano empedernido, éste es tu libro. Si no, te resultará curioso o entretenido, sin más.

Termino ya la reseña pidiendo perdón por su extensión y animandoos a encontrar en ella un pequeño guiño a alguien relacionado con el libro. Ya me contáis.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Colaboración. Thomas Bernhard:

Idioma original: Alemán
Título original: Ja
Año de publicación: 1978
Traducción: Miguel Sáenz
Valoración: Muy recomendable

Siempre que uno tiene entre sus manos un libro de un escritor considerado como uno de los “grandes”, hay cierto respeto a la hora de empezarlo porque, más que temer que el libro te decepcione a ti, lo que temes es que tú decepciones al libro si no llega a gustarte. Me ha ocurrido, a mi pesar, con algún escritor de renombre, pero sin duda este no es el caso. Cuando coges este libro y empiezas a leerlo sientes, notas, que en esas palabras colocadas y elegidas meticulosamente hay detrás alguien que sabe lo que quiere trasmitir y donde llevarte. Y, tratándose un libro corto, conviene leerlo con la calma adecuada puesto que hay que saborearlo y disfrutarlo mientras dure.
Con esta novela, Thomas Bernhard explora su propio interior a través de una situación aparentemente irrelevante. La visita que el protagonista hace a su amigo y consejero con la intención de contarle lo que le ocurre sirve como excusa para analizar y explorar su propio estado anímico, sus inquietudes y dudas, así como la parálisis creativa que le invade. También, y en consecuencia, trata de indagar y combatir sus propias carencias como persona y como científico. Partiendo pues de esta premisa, el autor no solo utiliza la estrecha relación del protagonista con su amigo para analizar su estado de ánimo sino que también, de forma accidental e involuntaria, la visita de unas personas desconocidas para el propio protagonista es la que le permite descubrir quién es él y como desbloquear el momento depresivo en el que se encuentra. Las altas presiones y exigencias que él mismo se impone por tenerse en tan alta estima tienen como resultado que él mismo llega a producirse la enfermedad como consecuencia de no alcanzar el nivel acorde a sus propias expectativas.
A partir de la motivación personal del protagonista de analizarse y  desnudarse mentalmente, Thomas Bernhard escribe una novela que se centra principalmente en sus propias reflexiones. En este punto cabe destacar que por este motivo puede que para algunos lectores no se trate de un libro “fácil” ya que el autor tiende a la auto-repetición y, en algún momento puntual, es hasta retorcido en sus conclusiones. En cualquier caso, este hecho es perfectamente comprensible y justificable ya que en esta novela se analiza el pensamiento humano y, si el autor reitera y da vueltas sobre la misma idea una y otra vez es porque en el fondo éste es un acto propio de los seres humanos. ¿O no es cierto que, a menudo, cuando tenemos problemas o preocupaciones damos mil vueltas al mismo pensamiento del cual no siempre hallamos la solución y el círculo vicioso nos lleva a entrar aún más en este pozo sin fondo que es nuestro interior?
Más allá del formato de la narración, que conviene leer de forma pausada para permitir que las reflexiones entren y se absorban, uno se habitúa rápidamente al estilo, y el libro es enriquecedor porque va más allá de las reflexiones del protagonista sobre sí mismo: trata las relaciones con los demás, analiza lo que implica, lo que se obtiene y lo que se puede esperar de ellas así como de uno mismo, y se cuestiona el hecho de que, a veces, aquello que uno intuye no es lo que de verdad transcurre por el interior de las personas, ni éstas son como habitualmente las vemos los demás.

También de Bernhard en ULAD: El origen, El sótano


Autor: Marc Peig


jueves, 8 de diciembre de 2016

Edurne Portela: El eco de los disparos

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

ETA dejó de matar en 2010, aunque ya desde la tregua de 2003-6 su final parecía inminente e inevitable. Desde entonces, el País Vasco (y no solo) ha entrado en una nueva fase histórica, política y también cultural: es el momento de construir la narración de los años de plomo, de revisar las últimas cuatro décadas y decidir qué les vamos a contar a nuestros hijos. ¿Fueron años de locura transitoria? ¿La culpa de todo la tuvo Franco? ¿Hicimos, como sociedad, lo que pudimos en medio de una situación difícil y peligrosa?

Esta es la pregunta fundamental que intenta plantear (más que responder) Edurne Portela: cómo se está creando el discurso sobre los años de violencia, en los productos cultuales vascos. Y su propuesta es crítica, incómoda y dolorosa: defiende que en la sociedad vasca dominó la complicidad, el miedo y el silencio, y que el secuestro del lenguaje por parte de ciertas ideologías (sobre todo de la denominada "izquierda abertzale", pero también el nacionalismo tradicionalista español) ha dificultado la creación de discursos complejos, matizados y profundos.

Conviene recordar que lo que Edurne Portela analiza son, como digo, producciones culturales (literarias y cinematográficas, fundamentalmente); no es una socióloga que pretenda radiografiar a la sociedad vasca, sino una investigadora de Estudios Culturales que trata con representaciones y creaciones ficcionales. Su forma de evaluarlas, por otra parte, es decidida y explícitamente ética e ideológica: no evalúa su calidad formal, sino su valentía, su capacidad para huir del maniqueísmo pero también de la tan temida "equidistancia".

E estos juicios, salen bien paradas obras como la película Tiro en la cabeza; la obra del fotógrafo Clemente Bernad (quien quiso exponer en el Guggenheim la radiografía de la cabeza tiroteada de Miguel Ángel Blanco, provocando una enorme polémica), los relatos de Jokin Muñoz o de Iban Zaldua. Algo peor quedan en la foto la novela Twist de Harkaitz Cano, o los cuentos de Fernando Aramburu. Y la obra que recibe las críticas más duras (junto con las producidas por creadores próximos a la izquierda abertzale con fines casi-propagandísticos) es la película Ocho apellidos vascos, a la que Portela acusa de banalizar la violencia sin antes haber llegado a analizarla o expiarla.

Una de las grandes virtudes del libro es que no está escrito desde fuera, proyectando un juicio moralmente superior sobre los malvados vascos: Edurne Portela se presenta (a través de una serie de capítulos que, sin decirlo, se adivinan autobiográficos) como una vasca más, que vivió los años más duros de la violencia, de la kale borroka, de los pelotazos de goma y de cantar "Sarri, Sarri" en las fiestas del pueblo. A lo largo del libro conocemos a una Edurne Portela con un rechazo visceral a los batasunos y a su retórica, pero que insiste en la necesidad de incluir en el cuadro el terrorismo de estado o la violencia policial, sin que eso suponga hacer tabula rasa y equiparar todas las víctimas y todos los discursos. Se opone a la equidistancia cómplice, pero también a la utilización política de las víctimas del terrorismo, realizada a veces por las propias asociaciones de víctimas.

El libro tiene algunas limitaciones; por ejemplo, excluir del análisis obras de los "grandes" escritores de la literatura vasca tiene ventajas, porque ayuda a ampliar el canon establecido, pero también es cuestionable, porque voces como la de Ramon Saizarbitoria han dicho mucho, y muy bien, sobre la forma en la que podemos enfrentarnos como sociedad a los hechos del pasado. Tampoco comparto (ni falta que hace, claro) todos los juicios que hace Edurne Portela: me parece que es demasiado crítico con Twist, y que exagera en su rechazo de Ocho apellidos vascos, que no pasa de ser una txotxolada inferior a Vaya Semanita, aunque de la misma familia.

Pero en todo caso, El eco de los disparos es una obra que abre un camino (y lo quema parcialmente, también): el del análsis de los discursos culturales sobre los años de plomo. Afortunadamente, los escritores, cineastas, artistas, solo están empezando ahora a producir este tipo de reflexiones, por lo que el trabajo de Edurne Portela exigirá futuras actualizaciones (suyas o de otros). Quizás la mejor noticia sea de hecho que estas producciones culturales existen, y que son variadas, complejas y producen narraciones divergentes sobre el conflicto vasco. En el momento en que se imponga una narración única, libros como este dejarán de ser posibles, y el olvido habrá triunfado sobre la memoria.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ngũgĩ wa Thiong'o: Sueños en tiempos de guerra

Idioma original: inglés
Título original: Dreams in a Time of War
Año de publicación: 2010
Traducción: Rita da Costa
Valoración: muy recomendable

¡Pero qué hacemos sin montar la polémica! El Nobel, ¿a Dylan?
Éste, este escritor era uno de los que sonaban, y aquí lo tenemos, qué bien me habría ido, qué giro oportunista me he perdido porque estos señores suecos no se hayan decidido, contra toda lógica de democrática y cíclica compensación, a premiar un representante de la literatura africana. Sí, justo ahora que nos acostumbrábamos a escribir, hasta a pronunciar correctamente Svetlana Alexiévich, otro nombre extraño que apuntarse en una hojita para ir a la librería, hacer un poco el ridículo ante el dependiente, y acabar diciendo, sí, claro, el último Nobel. 
Pero ahora nos enviarían a la sección de música.

Y Wa Thiong'o quedará en la lista de espera, al lado de nombres ilustres como Roth, De Lillo, Adonis. Ah, y, como diría Santi, tras pausa dramática, y al lado, también, del  Murakami ése. Difícil es evaluar sus méritos en función de un solo libro, pero por algún sitio hay que empezar. Siguiendo con las comparaciones, también Alexiévich solamente tenía traducido Voces de Chernóbil. Wa Thiong´o nos lo presenta Rayo Verde (que por cierto, publica en catalán a Alexiévich y anda, y espero que con mucho éxito, en lo de reivindicar a Juan José Saer) y responde un poco a lo que se espera de la literatura africana, de esa que surge tímidamente, casi siempre desde originales en inglés y casi siempre desde escritores que se han establecido de forma más o menos fija en USA o en Inglaterra. Más si se trata de un volumen que rememora su infancia, que cierra la narración justo en el momento en que llega al instituto donde cursará la educación secundaria. Que ahora mismo no sé si tiene continuidad en la obra del escritor keniata, pero que ya empiezo a echar de menos.
Porque esta prosa sencilla engancha, porque transmite la honestidad de la que no son capaces demasiados escritores al referirse a orígenes humildes y circunstancias particularmente duras. La infancia que Wa Thiong'o describe quizás no aporte párrafos esplendorosos, pero deja una impronta tan indeleble. O alguien puede quedarse indiferente cuando el mayor obstáculo (tras haber superado cursos y duras pruebas) que aleja al Wa Thiong'o adolescente de poder ingresar en el instituto es que su familia no dispone del dinero suficiente para comprar el par de calcetines y los zapatos (sus primeros zapatos) que se le exige llevar. ¿Hace falta una prosa florida y recargada para comentar algo tan duro? La narración empieza con curiosas escenas: los bonos, prisioneros de guerra italianos, son forzados a participar en la construcción de precarias infraestructuras. Inicio de los 40. Kenya se recupera de su participación en la Campaña de África Oriental, y sus participantes locales ni siquiera han obtenido tratos de favor de los colonizadores británicos, que siguen dominando el país con crueldad y mano dura. Todo sigue igual, y Wa Thiong'o crece en una estructura familiar propia del ambiente rural en el que ha nacido: su padre tiene cuatro esposas y él un montón de hermanastros. Un abuelo materno al que ayuda y una ambición, seguir adelante en sus estudios, que guía su vida. Pero que ha de convivir con las circunstancias. Miseria, abandono, la contundencia del aparato represivo colonial ante el tímido (pero a la larga definitivo) despertar del sentimiento independentista. Esa niñez transcurre en esos cauces. El tesón por decidir sobre su futuro. El individual, accediendo a cotas de educación que le han sido negadas a sus iguales, el colectivo, deshaciéndose del yugo explotador. Cuestiones que precipitan la madurez del Wa Thiong'o narrador, obligado a recorrer enormes distancias para acudir a clase, a respetar decisiones injustas, a que le sea recriminado expresarse en su idioma materno, a trabajar siendo un niño para obtener apenas lo suficiente para la siguiente comida. Como muchas de estas obras, tan angustioso conocer ese día a día, aunque sea transcrito de forma resignada, pero vital y optimista, como ser conscientes de que, décadas más tarde, sigue siendo el recorrido vital de millones de personas.
Lo dicho: por favor, ya, el siguiente volumen.

martes, 6 de diciembre de 2016

Nikolái Gogol: Tarás Bulba

Idioma  original: ruso
Título original: Тара́с Бу́льба
Año de publicación: 1842 (versión definitiva)
Traducción: José Fernández Sánchez
Valoración: recomendable

Reconozco mis carencias como lector en lo que a literatura rusa se refiere (excepto en lo que atañe a mi admirado Chéjov); es más, durante bastante tiempo solía confundir a unos escritores con otros... no a Tolstoi o Dostoyevski, que conste, pero sí a Pushkin, Gorki, Gógol... De este último, además, sólo había leído, hace ya tiempo, un divertido cuento, La nariz, en el que un tipo peersigue a su propia nariz fugitiva por todo San Petersburgo; a pesar de esa grata lectura, no había vuelto a repetir con este autor, hasta que por fin,  impelido por mi mala conciencia, pero también por las elogiosas reseñas de otras de sus obras que han escrito mis compañeros, decidí ponerme con esta novela, que lleva el nombre de un legendario cosaco del Niéper.

¿Conocen ustedes la expresión "beber como un cosaco"? Pues a tenor de esta novela, no sólo tiene razón de ser, sino que se queda incluso corta: los cosacos de la época en que está ambientada (siglo XVIII), además de que se pasaban el tiempo más mamados que el mosquito del tonel de vino de los versos quevedianos, -excepto cuando se dedicaban al nobel arte de la guerra, hay que decir, momento en el que la embriaguez era castigada con la muerte-, parece que consideraban el de la borrachera como el estado ideal del hombre comme il faut, esto es, del cosaco (el otro momento ideal para ellos era el de estar destripando enemigos, claro). Borrachos y orgullosos, pues, aunque no fuesen seguidores del Oi! ochentero. Borrachos y exaltadores de la más indestructible fraternidad masculina, aunque no fueran una cuadrilla de txikiteros vascos. Borrachos y defensores a ultranza de la fe cristiana, sin ser una cofradía de "capillitas" ahítos de rebujito (por otro lado, hay que aclarar que para los cosacos la verdadera iglesia cristiana era la ortodoxa, considerando a los católicos como perros herejes). Borrachos y más patriotas que una caterva de neonazis hispánicos entonando el Deutschland Über Alles... Borrachos, valientes, crueles, generosos, anárquicos y libres.  Así eran los cosacos, según los pinta Gógol, además de fanáticos la virilidad más militante -de hecho, las pocas mujeres que aparecen aquí no son más que un estorbo para ellos o una fuente de problemas-; la testosterona les sale por las orejas, a esta gente...

Tampoco es que Gógol haga un panegírico, sin más, del mundo cosaco; es evidente que era demasiado inteligente y buen escritor para caer en eso. De hecho, buena parte de la novela trasluce un humor socarrón -en especial en la relación entre Tarás y el judío Yárkov-, hasta el punto de dar la impresión, a veces, de que el autor se trae una buena coña a costa de sus cosacos. Lo que no significa, por supuesto, que no admire al tiempo su valentía y su entrega. Gógol tiene la suficiente sabiduría y talento literarios para plasmar estas legendarias cualidades del alama cosaca, así como su amor por la libertad, pero también sus defectos, y dar buena cuenta de las tropelías que iban perpetrando a su paso, al igual que nos narra su sufrimiento, pero también el de sus víctimas, tanto "liajes" -o sea, polacos- como judíos. También, al parecer, en la primera versión, de 1835,  el tono de la narración exaltaba más lo ucraniano, llegando a considerarse incluso "antirruso", por lo que Gógol lo corrigió en la versión definitiva.

Ahora bien, aparte del retrato entre guasón y descarnado de la beodez y la brutalidad que se lee en la novela, ésta tiene un trasfondo de más enjundia: Tarás Bulba, en realidad, es una historia sobre la paternidad, sus obligaciones, cuitas y, sobre todo, sus limitaciones -la novela, olvidaba decirlo, comienza cuando los dos hijos de Tarás vuelven a casa después de haber estudiado en Kiev-; los problemas vienen a ser los mismos que han tenido todos los padres a los largo de la Historia con sus hijos, desde el pobre Adán, que ya sabemos la que liaron sus vástagos. Claro, que no es lo mismo que tu retoño se pegue con otro niño por un columpio en el parque y tengas que poner orden, que te salga díscolo en mitad de una guerra contra el reino de Polonia. Aquí Tarás, que aunque taimado no dejaba de ser más bien bruto, tiene una reacción algo desaforada y la cosa acaba como el rosario de la aurora... Pero no quiero adelantar nada y destriparle la novela a alguien: lo que hay que hacer es leerla; como mínimo, pasarán ustedes un buen rato, porque Gógol sabía escribir de maravilla, de eso no cabe la menor duda. y en el mejor de los casos, se quedarán prendados de una historia que transcurre en el tiempo en que las guerras se hacían a caballo y a golpe de espada, en que los hombres se dejaban arrastrar por sus pasiones y sus principios, y el mundo resultaba mucho más grande y hermoso de lo que al final ha resultado ser. Que aquello tampoco fuese sino una ilusión, no nos debe de importar demasiado, que al fin y al cabo -y por suerte- nosotros somos lectores.

Nota: no he podido encontrar la cubierta de la edición del libro que yo he leído (bastante sosa, además), así que he colocado la de una de la editorial Alianza. En compensación, pongo aquí  el cartel de una de las películas basadas en la novela, con Yul Brinner y Tony Curtis dándose mutuamente estopa. Canelita en rama.




Otras obras de Nikolái Gógol reseñadas en Un Libro al Día: El capoteAlmas muertas

lunes, 5 de diciembre de 2016

Manuel Vicent: La muerte bebe en vaso largo

Resultado de imagen de la muerte bebe en vaso largoIdioma original: español
Año de publicación como libro: 1992
Valoración: Está bien


Mezcla de novela negra, sátira  y relato fantástico, esta novela tenía todas las papeletas para encontrarla más que disfrutable. Pero no ha sido así y, buscando una explicación, me entero de que se publicó en el diario El País, por entregas, con el título Domingo negro, antes de editarse en forma de libro. Es de suponer que fue escribiéndose a medida que se publicaba perdiendo, quizá, por el camino la posibilidad de reelaborar sobre la marcha, rectificando, enriqueciendo o limando lo que fuese menester. Ese sería el motivo de que haya quedado algo deslavazada, de que contenga los elementos necesarios para seducir a un gran número de lectores y no llegue a conseguirlo del todo. Con esto no estoy insinuando que la técnica del folletín suponga un lastre en todos los casos, ni mucho menos, todos conocemos ejemplos ilustres, pero creo que, para este en concreto, se trata de una explicación razonable.
Vicent nos conduce por calles, edificios y cloacas de Madrid, con gran habilidad descriptiva y un ritmo en apariencia trepidante, de la mano de personajes tan marginales, alocados y proteicos como podamos imaginar: tahúres, coristas, tenderos, aristócratas venidos a menos, profesores con doble vida, bingueras, mendigos, o empleados de tanatorio. Toda una nómina siniestra que evoluciona a su aire, entrando y saliendo del mundo de los  vivos con una libertad que llega a convertirse en rutinaria. Sin que el hecho de estar vivos o muertos tenga la menor importancia, este peculiar grupo busca tesoros, pone en marcha negocios, triunfa en los escenarios, seduce, conquista o perdona traiciones amorosas o se venga de ellas en fiel paralelismo con el mundo real.
Pero, por una parte, el simbolismo no acaba de quedar claro del todo, por otra, a un artefacto tan recargado como este, tan potente en potencia –valga la expresión –, con tal abundancia de significantes y que sin embargo se queda corto de significado, lo podríamos llamar rocambolesco.
Y es que hasta lo más sorprendente puede parecernos monótono si llega a convertirse en costumbre. Sobre todo en ausencia de elementos –emotividad, intriga, información novedosa, crítica o lo que sea– que conecten con la sensibilidad del lector. Porque, a pesar de los mil y un sucesos disparatados, ocurrencias varias y continuas vueltas de tuerca –o precisamente por ellos– lo encuentro un relato plano, con algunos (no muchos) destellos que se elevan (poco) por encima del resto.
La perspectiva que ofrece es muy negra, muy ácida y desencantada y se intenta compensar con un humor que a mí me parece fallido. Sus mayores logros residen, creo yo, en la capacidad fabuladora, la habilidad para construir recargadas escenografías que podríamos denominar fellinianas y un escepticismo que lo abarca todo.
Pero hasta el absurdo más completo ha de tener algo parecido a la coherencia, conducir a alguna parte aunque el lector solo intuya dónde, pues si se pierde por completo dejará de interesarle lo que ocurra a continuación y eso significa, o bien cerrar el libro, o bien como en mi caso, acabarlo a la fuerza.
El autor ha explicado en alguna entrevista que “esa novela parte de un hecho real, de un tipo que murió a mi lado. Y prácticamente todo el resto de cosas que suceden son elaboraciones de hechos reales.” Lo considera, por tanto, producto de la imaginación y no de la fantasía, que según él consiste en un juego cerebral carente de lógica, mucho más sencillo y que no le interesa para nada.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Iban Petit: Anotaciones circulares

Idioma original: Español
Año de publicación: 2015
Valoración: Está bien

Escribo esta reseña mientras suena de fondo el “Entresemana” de Le Mans, disco del año 1994 de una de las bandas, junto a La Buena Vida, Family, El Jóven Bryan o, más recientemente, AMA o Bassmatti & Vidaur, que en los ya lejanos 90 dieron lugar al denominado Donosti Sound, movimiento clave en la escena musical independiente en España.

Los primeros discos de estos grupos, en realidad Family solo publicó un disco (o más bien EL disco), eran discos de un pop minimalista, de letras naif con un fondo “tristón” sobre momentos de la vida cotidiana, casi postales o fotografías de esos momentos. Posteriormente estos grupos evolucionaron a instrumentaciones más complejas, letras más amargas, etc.

Todo esto viene a cuento porque Iban Petit comparte ciudad con estos grupos y porque “Anotaciones circulares” comparte, en su primera mitad, tono con esos discos como el “Entresemana” de Le Mans o el “Los mejores momentos” de La Buena Vida. Primera mitad del libro que podríamos resumir con ese comienzo de "Viaje a los sueños polares":
Cuando pesen demasiado la rutina, el trabajo y la vida en la ciudad, nos iremos en un viaje infinito con esa tonta sensación de libertad. Hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto...
Y es que en ella nos encontramos con lo que parecería la típica historia de “chico conoce a chica”. El chico es Marcos, un oficinista treintañero, con una vida monótona pero con ganas de darle un giro de 180 grados. La chica es Allina, pintora, solitaria, la antítesis de Marcos. Surge el amor, de repente. Y hay baños en la playa, paseos, verano…Todo muy bucólico.

Para la segunda parte citaremos el "Qué nos va a pasar", de La Buena Vida. Porque algo pasa, Marcos y Allina se separan, pero...
Sin embargo, mientras tanto, yo me guardo la esperanza y las cosas que en la plaza nos dijimos hoy. Ahora que te vas, pediré perdón...
Mediado el libro, un suceso terrible rompe la historia. Esta se vuelve, como las letras de las canciones de los grupos que comentábamos, más amarga. Los recuerdos se mezclan con la realidad y lo que era una historia de amor más o menos convencional se convierte en una historia con un punto de intriga que Petit cierra con un complicado “triple salto mortal” del que consigue salir bien parado.

De donde no sale tan bien parado, en mi opinión, es del excesivo uso del lenguaje poético. Me da la impresión que Petit se maneja mejor en las frases breves, lacónicas, casi cortantes que emplea en buena parte del libro. Con estas consigue dar un tono lánguido y melancólico muy apropiado al relato, mientras que el exceso de metáforas poéticas resulta un tanto reiterativo y resta fluidez a la narración.

En cualquier caso, es el primer libro de Petit y de la editorial Expediciones Polares (por cierto, preciosa edición) y es un punto de partida mejorable en algunos aspectos, pero interesante.