domingo, 20 de mayo de 2018

Peter Carey: La verdadera historia de la banda de Kelly


Idioma original: inglés
Título original: True History of the Kelly gang 
Año de publicación: 2001
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: recomendable

Señoras señores, les aclaro. Que no tiene que ver historia novelada con novela histórica. Que lo segundo es una de las lacras de la literatura y lo primero es algo que escasea y que está a distancia y vale la pena. Que no es lo del azul grisáceo y el gris azulado. Que no. Que cuando Carey (otro del que habré de leer más) toma la voz de Jed Kelly y emplea ese vocabulario básico, ese tono rasposo, esa carencia de signos de puntuación a la que puede costar algo acostumbrarse,  no lo hace con la intención del lucimiento que lastra a los pesados que emplean cinco años en documentarse para entregar un tocho que tarda cinco años en leerse mientras nos deleitan con las historias de la pedrería que cubría el manto de armiño de un rey del siglo XI. No, no y no. Carey se integra y se mimetiza con el personaje y su único devaneo con el rigor per se es esa curiosa división del libro en legajos como para dar la apariencia de alguien hallando un tesoro literario enterrado en algún baúl que se ha salvado de la basura, y revelándolo. Es la máxima licencia visible porque desde las primeras páginas nos va a trincar de la pechera y nos va  a arrastrar por los áridos lodos del Salvaje Oeste australiano, donde no hay apaches sino irlandeses, donde no hay búfalos sino canguros, pero al margen de esos detalles casi de atrezzo todo lo demás es puro western y pura historia de bandoleros de gatillo fácil, de duras historias personales de esas que acaban con la gente proclamando que la cabra tira al monte.

En un monólogo agotador y falto de puntuación por exigencias del guion, vamos pasando uno por uno por los hitos de la vida de Jed Kelly, histórico bandolero y asaltante y atracador de diligencias de la Australia más inhóspita. Tipo al que la vida le ha negado casi todo en su niñez. Un padre encarcelado, una madre desorientada y sojuzgada por todos los hombres que, incluyendo a su marido, la han vejado y humillado hasta el punto de ser una mera huésped de hijo tras otro, de hermanos y hermanas. Una espiral de resultados previsibles donde será asistimos a la maduración a golpes de Sed Kelly, líder la banda que ha ido aprendiendo de otros bandoleros (algunos de ellos emparejados por esa madre que es el centro de gravedad al que el protagonista siempre regresa, tiñendo la historia de tonalidades edípicas), las diversas fechorías- robo de caballos, asalto de carros, atraco de bancos- por las cuales se erigirá en un icono local, alguien que sale en la prensa y de cuyas andanzas se habla.

Problema que limita este libro: casi 500 páginas son muchas para una historia tan claramente previsible (se ve que el tal Kelly es una especie de leyenda en Australia, y que Carey noveló su vida, supongo basándose en documentación, pero esta claro que permitiéndose licencias creativas), y en mi experiencia lectora ya me he encontrado bastantes ejemplos de villanos que lo han sido como consecuencia de la injusticia o incluso de la arbitrariedad de que quienes tienen que impartir justicia se inventen los delitos con los que puedan incriminarles (esto me suena mucho hoy en día). Héroes que han acabado sin otro remedio que ser villanos los hay en obras de Bunker, de Tolstoi, de Cercas, de Von Kleist, y ya no digamos si aún vamos más atrás en el tiempo. De hecho, La verdadera historia de la banda de Kelly tiene un poderoso aroma homérico. Y no digo, porque al final me inclino por recomendar esta novela, que la historia no sea potente y que Carey no sea solvente en su papel de narrador. Tan solvente como que en algún momento parece que estemos oyendo a esa estricta primera persona. Pero tanta reiteración disipa el entusiasmo inicial, y allá por la página 400 uno ya pide la hora al árbitro, porque, perdonad la broma, el partido ya sabemos cómo va a acabar.

sábado, 19 de mayo de 2018

Verity Bargate: Con la misma moneda

Idioma original: Inglés  
Título original: Tit for Tat 
Traductor: Íñigo F. Lomana
Año de publicación: 1981
Valoración: Entre recomendable y está bien

Esta es la última de las tres novelas que escribió Verity Bargate. Aunque no me ha gustado tanto como No, mamá, no, hay que reconocer que supera a esta última en varios aspectos. Para empezar, está más pulida a nivel formal. Además, su protagonista sí que encaja perfectamente con el mensaje global de la obra.

Por otro lado, puestos a comparar ambos textos, debo decir que la trama de Con la misma moneda es inferior. Sobre todo, porque toma menos riesgos. En un par de ocasiones, incluso, peca de ser previsible, algo que era impensable en No, mamá, no. Recuerdo que, en esa novela, Bargate nos arrojaba algo que un escritor menos hábil hubiera convertido en una subtrama romántica. Eso, pero, hubiera sido caer en lo fácil, y la autora rehuyó esa dirección. Por fortuna. En cambio, en Con la misma moneda nos encontramos con un argumento más convencional y previsible. 

De todos modos, la de Con la misma moneda sigue siendo una gran historia. Sadie Thompson es nuestra protagonista. Tiene once años cuando la conocemos, y durante las 230 páginas de esta obrita la vemos crecer. La acompañamos durante su primera regla, la muerte de su madre, su pérdida de la virginidad... Y otros sucesos que no puedo desvelar, pues no os quiero destripar el argumento. En efecto, ya lo habréis adivinado: Con la misma moneda es una novela de formación, una que llega a conclusiones más bien amargas.  

Sadie está retratada con tino. Su tapiz psicológico es el más pormenorizado de todos los que aparecen en la novela. A su vez, el resto de personajes no se quedan a la zaga. Tim, el hombre del que se enamora, y Chris, vieja amiga de su madre, que acabará ejerciendo el rol de tutora, son también magistralmente definidos. Sus dispares personalidades, además, ejercen de contrapunto con respecto a la protagonista, a la vez que granjean diversidad a la narración.

Otro punto a destacar de Con la misma moneda son los mensajes que gravitan alrededor de la trama: las dificultades y "la culpa" de ser mujer,  la sororidad, el amor... Quizás el tema cuyo tratamiento menos me ha gustado es la sororidad. Aunque está mejor llevada que en No, mamá, no, sigue siendo idealizada de forma algo ingenua, a ratos hasta argumentalmente tramposa. En cambio, Bargate ha bordado el amor: retrata su naturaleza bicéfala a la perfección. Por un lado, tenemos la cara luminosa del mismo; por otro, toda la oscuridad que acarrea. Exquisito.

En conclusión, pues, decir que estamos ante una obra conmovedora, repleta de virtudes y cuyos defectos no la lastran en absoluto. Y para terminar querría felicitar a Alba Editorial. Mientras que en No, mamá, no aprecié algunos errores achacables a la traducción, Con la misma moneda no los tiene, y he considerado pertinente remarcarlo.


También de Verity Bargate en Unlibroaldía: No, mamá, no

viernes, 18 de mayo de 2018

"Los antepasados" de Mary Ann Clark Bremer: Misterio + Reseña

Idioma original: inglés
Título original: Notebook III - The Ancestors
Traductor: Hugo Bachelli
Año de publicación: ???
Valoración: recomendable


EL MISTERIO

Compro este libro en uno de mis viajes a Bilbao, porque es cortito y porque parece interesante. Lo leo unos meses después; me gusta, aunque con algunos altibajos (de los que hablaré luego). Empiezo a pensar en la reseña para ULAD, busco información sobre la autora en Google, y no encuentro nada. Y cuando digo nada, digo absolutamente nada. La única información que existe sobre esta autora es la que ofrece la propia editorial Periférica.

Mary Ann Clark Bremer no tiene página en ninguna Wikipedia. En páginas como WorldCat, Google Books o Amazon los únicos resultados relevantes que aparecen son los referentes a las ediciones españolas de sus obras, en Periférica. Hago diferentes búsquedas, con comillas, sin comillas, solo los apellidos, busco el supuesto título original, con comillas, sin comillas, con números romanos y arábigos. Nada.

Ante este vacío absoluto de información en los tiempos de la sobreinformación, es fácil pensar que estamos ante un nuevo caso "Elena Ferrante", o por decirlo con más propiedad, ante un nuevo "Ossian", que está intentando hacer pasar por traducciones obras en realidad originales. No soy el primero en pesarlo: Hilaro J. Rodríguez en un artículo en El Cuaderno ya apunta esa posibilidad. Tendría gracia si fuera así, y desde luego habría que elogiar la capacidad creativa de quien ha inventado una escritora judía-americana de mediados del siglo XX y una obra autobiográfica cada vez más extensa.

Sin embargo, desde la editorial Periférica me confirman, por email, que Mary Ann Clark Bremer es real; que lo que dice la solapa del libro es verdad: que se trata de una escritora "secreta", que en vida publicó bajo diversos seudónimos, y cuya obra autobiográfica inédita, organizada en forma de diarios o cuadernos, llegó a las manos de los editores de Periférica de forma casi accidental. Tanto la autora como los herederos son muy pudorosos en relación con estas obras, que hablan de aspectos íntimos y familiares, de ahí que solo se pueda publicar una pequeña parte del legado de la escritora. De ser así, el misterio no sería tan misterioso, aunque sí es una pena que una escritora de una sensibilidad indudable haya pasado tan desapercibida.


LA RESEÑA

Periférica ha ido publicando las novelas cortas (entre 60 y 90 páginas cada una) de Mary Ann Bremer (Una biblioteca de verano, Cuando acabe el invierno, El librero de París y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo), reunidas posteriormente en el volumen Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos. Los antepasados, como explicaba en el párrafo anterior, es uno de los "cuadernos" de memorias o diarios de la escritora, que en este caso se dedica a sus antecedentes familiares, con especial atención a las mujeres que la precedieron (y en este sentido, el masculino genérico del título, "antepasados", resulta algo traidor).

A pesar de su brevedad, creo que la obra puede dividirse en tres partes: en la primera (secciones "Cantar" y "Josephine y las lamentaciones"), la escritora se remonta a la historia de sus bisabuelos, Ann y "el Ruso", y de su tía abuela Josephine, sensible, sufragista y suicida. Estas secciones, en las que se cuenta en capítulos brevísimos y con una delicadeza maravillosa la historia de unas personas cubiertas de preguntas quizás sin respuesta, son las mejores del libro, en mi opinión.

La segunda parte, ocupada por las secciones "Declaración de sentimientos", "Musicalische Sterbens-Gedancken" y "Polifonía (Eclesiastés)", cambian el foco, que pasa a centrarse en la propia escritora durante su estancia en Suiza: sus rutinas y entretenimientos, las cartas intercambiadas con familiares de Estados Unidos, su dolor por la pérdida de su esposo Saul, sus reflexiones sobre la vida y la muerte... El diálogo con los antepasados (las antepasadas) no está completamente ausente, pero es mucho más marginal que en la primera parte, y por eso también esta segunda parte me ha interesado menos.

La tercera parte, más breve, titulada como el libro, "Los antepasados", recupera los personajes del principio (el bisabuelo Ruso, la bisabuela Ann, Josephine...), e intenta explicar alguno de los misterios que habían quedado abiertos. Cierra así, de forma circular, muchos de los temas abiertos al inicio. Siendo mucho más breve, esta sección es un cierre perfecto para el libro.

Esta obrita tan corta (78 páginas, unas cuantas de ellas ocupadas por títulos de sección) es una lectura perfecta para una tarde de descanso, para un viaje no demasiado largo, para llevar encima y leer en el metro, a tragos cortos. La prosa de Mary Ann Clark Bremer es poética y sencilla, muy influida por las lecturas de la Biblia (en este caso, el Cantar de los Cantares y el Eclesiastés), sensible sin ser melodramática. La parte intermedia del libro, que entraría en el género tan traído y llevado de la "narrativa del yo", me ha interesado algo menos, me ha parecido menos original, pero en cambio la primera y la tercera partes me han atrapado y encantado.

Creo que habrá que seguir atentos a Periférica, a ver qué otras joyas consiguen sacar del baúl de los herederos de Clark Bremer. Y si algún día descubrimos que era mentira, que Clark Bremer no existe, o que en realidad es un señor gordo y barbudo de Motilla del Palancar, en el fondo no pasará nada, porque lo que hayamos disfrutado leyendo sus obras no nos lo quita nadie.

jueves, 17 de mayo de 2018

Han Kang: Actos humanos

Idioma original: coreano
Título original: 소년이 온다
Traducción: Sunme Yoon (castellano), Alba Cunill (catalán)
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Parecía difícil que Han Kang pudiera sorprender de nuevo, tras su irrupción a la esfera literaria en castellano con «La vegetariana», gran obra con la que se dio a conocer en estos lares. Pero creo poder afirmar, sin que el ímpetu y la emoción experimentados tras la lectura del libro alteren mi juicio, que «Actos humanos» incluso lo supera en calidad y emoción. Y es que cuando una historia tiene como origen una serie de hechos sucedidos en la realidad y, aunque de manera indirecta, estos afectaron la vida de la escritora, es cuando las emociones narradas fluyen de manera natural, sin filtros ni adulteraciones, desde las entrañas hasta el texto final.

Así, basándose en los hechos que sucedieron en mayo de 1980 en la Universidad Chonnam de Gwangju (ciudad natal de la autora), el libro escrito por Han Kang es un libro en recuerdo de aquellas personas que, de manera directa o indirecta, fueron afectadas por la masacre causada por el ejército, ante las protestas estudiantiles contra la dictadura de Chun Doo-hwan. Pero no se trata de un tratado histórico ni de un ensayo político, o al menos no en primer plano. Han Kang se trasladó a Seúl poco tiempo antes de aquellos hechos, por lo que este libro está escrito desde la tristeza, desde la pena de quién ve desde la distancia lo que ocurrió con sus antiguos amigos, conocidos y conciudadanos. Con este propósito, el libro que nos ocupa trata sobre las personas más que sobre los hechos, trata sobre la humanidad, los sentimientos, la pena y el dolor, la tristeza y la añoranza, la fuerza y el optimismo, los anhelos y el espíritu vital, la libertad y la opresión, el pesar y la incomprensión, la incredulidad y la desesperanza. Y la violencia, física o emocional.

Estructurada en siete capítulos en apariencia independientes, la autora narra la historia desde diferentes perspectivas, diferentes ángulos con un punto central como núcleo de la historia. Situando como centro la masacre ocurrida, la autora despliega un abanico emocional abriendo un espectro de sentimientos hacia diferentes caminos, focalizando las distintas sensaciones en cada uno de los personajes. La variedad, riqueza y pluralidad de sentimientos que alberga y transmite la autora hace que necesite canalizarlos a través de diferentes personajes, para así copar y alcanzar todo el espectro emocional que la historia ofrece. Han Kang nos habla de esperanza tras la añoranza, de remordimientos tras la solitud, del alma que, en su disociación y cual proyección astral, lucha por seguir pegada a un cuerpo como única vía posible para permanecer aferrada a una vida que se ha ido, que lucha por mantenerse viva a través de los recuerdos, cada vez más difusos y vagos. Cada una de estas emociones es encarnada por los distintos personajes, de manera que entre todos ellos se conforma el paisaje emocional que reside como poso tras la violencia de una masacre, y poniendo como foco principal el de las víctimas en sus dos vertientes: las víctimas que murieron, pero también aquellas personas que sobrevivieron con todo el pesar de su inacción ante la violencia y el abuso; y también, de manera latente, el recuerdo que reside en ellas, que actúa como una losa a la que van atados quienes pretenden seguir adelante:

"La gente de la calle tenía la cara desencajada, como si llevara una cicatriz invisible"

De esta manera, uno de los logros de la autora es la facilidad que tiene en hilvanar una historia narrada, pensada y sentida a través de distintas voces; y no hablo únicamente de un cambio en el protagonista narrador, sino incluso del estilo, del tono, de la voz utilizada; la amplitud de registros de la autora la ubica ante un complejo reto narrativo del que sale profusamente victoriosa. Han Kang necesita entrar en el dolor tan profundamente para hablar de él que no le basta una sola voz y una sola experiencia para alcanzar la magnitud de la desolación y es por ello que teje una historia de distintos personajes entrelazados, ofreciendo un análisis caleidoscópico y plural que sirve para explorar de manera holística todas las aristas que hieren los sentimientos de las personas hasta crear una serie de cicatrices con las que sobrellevar la vida hasta que llega la muerte.

De igual modo, y fiel al estilo que demostró en «La vegetariana», Han Kang demuestra su habilidad al hablar del cuerpo y desde el cuerpo, transmitiendo las emociones a partir de él. La visceralidad con la que sus palabras forman un texto de marcada corporalidad, hace que sea el propio cuerpo quien hable pues sabe cómo proyectar a través de él las emociones que del mismo emanan. Su narrativa parece escrita y dirigida por sus sensaciones corporales, desde lo más profundo de su ser; no proviene de su cerebro sino de sus mismas entrañas y, partiendo del cuerpo como centro de todo, es a partir de él donde se construye todo el relato.

Este es un libro escrito por alguien que sobrevivió a una masacre desde la distancia, sin poder evitar sentir cierta carga de consciencia por no haber estado allí junto a sus compañeros. La narración es trágica por la culpa autoinflingida, por la búsqueda de un perdón que solo pueden darlo quienes ya no están, y un intento permanente de autoconvencerse de que las cosas no hubieran podido suceder de otra manera, pues eran inevitables; una vida marcada por la necesidad personal del perdón, de insistir en convencerse que otro futuro no era posible, como si a fuerza de repetirlo pudiéramos establecer la paz con los que ya lo están, y con nosotros mismos.

También de Han Kang en ULAD: La vegetariana

miércoles, 16 de mayo de 2018

Fight Combo: La semilla de la bruja, de Margaret Atwood vs. La tempestad de William Shakespeare

Idioma original: inglés
Título original: The Tempest
Año de publicación:1611 (1ª representación)
Traducción/adaptación: José Hierro
Valoración: casi imprescindible






Idioma original: inglés
Título original: Hag-Seed
Año de publicación: 2016
Traducción: Miguel Temprano García
Valoración: más que recomendable

Vayamos por orden: para celebrar el 400 aniversario de la muerte de William Shakespeare, la editorial Hogarths (nada que ver con Hogwarts, potterheads, no os emocionéis) encargó a unos cuantos escritores bastante conocidos -Jo Nesbø, Gillian Flynn, Tracy Chevalier...- una serie de novelas basadas en sus obras; la autora más destacada de este grupo es, sin duda, la canadiense Margaret Atwood, que escribió La semilla de la bruja a partir de la comedia (!), un tanto hermética, La tempestad.

En segundo lugar, he de confesar que si el título de esta reseña doble induce a error, ha sido de manera premeditada por mi parte (algo tengo que hacer para conseguir que me leáis, concho, que yo no tengo followers ni haters ni nada, como mis compañeros...): aquí no hay ninguna lucha a muerte en Bangkok, ni esto se parece a una secuela de Freedy vs Jason o Alien vs. Predator, sólo que con caretas de Mrs. Atwood y del Inmortal Bardo de Stratford (me encanta esta expresión tan cursi). En realidad, lo que establecen obra de teatro y novela, o sus dos autores, si se prefiere, sería más bien un baile, un tango en el que el movimiento de uno está determinado por el  movimiento del otro bailarín. Cierto que la obra de Shakespeare es cuatro siglos anterior, por lo que sería quien marcara la parte dominante del tango, la que llevaría a su pareja, aunque sus movimientos tendrían un menor sentido sin ésta. Porque si es evidente que la novela de Atwood no podría existir sin La tempestad, lo cierto es que la novela sirve para explicar la obra, la complementa y aporta muchas claves de interpretación para aquellos que no somos, ni de lejos, expertos en Shakespeare.

Sigamos guardando un orden: La tempestad se considera una de las comedias de William Shakespeare, más que nada porque la cosa no acaba en un baño de sangre, hay algún que otro amorío y algún pequeño lío argumental. De acuerdo; pero en cualquier caso, es una comedia más bien amarga, con un aire siniestro y poco festivo, pese a algún momento de humor chocarrero, a cargo de los borrachos Trículo y Esteban y el monstruo Calibán. Éste, que en un primer momento seguramente no pasaba de verse como un personaje chusco y risible, con el tiempo se ha convertido en el más interesante e incluso central de la obra. Calibán es hijo de la bruja Sycorax, único habitante de un islote al que llegan Próspero, duque de Milán y su hija Miranda, cuando son traicionados Antonio, hermano de Próspero, y Alonso, rey de Nápoles, y abandonados en un bote en alta mar. Próspero, gracias a su dominio de la magia, consigue que Calibán le obedezca y, lo que es más importante, también Ariel, espíritu del aire, quien provoca una falsa tempestad cuando se enteran que el barco que lleva a sus antiguos enemigos se acerca. Desembarcados éstos en la isla y también Fernando, príncipe de Napóles, Próspero urde su venganza, largamente esperada...

El tema más evidente de la obra es, como se ve, la venganza. Venganza que parece justa, frente a tanta ambición y traición (no es de extrañar que El conde de Montecristo también rumiara la suya aprisionado en una isla); ahora bien, también podrían vengarse Ariel y Calibán del propio Póspero -y de hecho, al menos uno de ellos lo intenta-, ya que los ha reducido a meros criados y esclavos de sus caprichos, igual que él y su hija Miranda son esclavos del destino, que les ha recluido en un islote perdido; y reclusos de las artimañas de Próspero y Ariel son el resto de personajes... ninguno en la obra, en verdad, puede actuar de acuerdo a su libre  voluntad, constreñidos todos de una u otra manera. El tema subyacente, sería, pues, el de la libertad o la falta de ella, más bien... Claro que, ¿libertad de quién? Porque si hay algún personaje sojuzgado y humillado, ese es Calibán -en quién interpretaciones posteriores han querido ver una metáfora de los pueblos nativos americanos y africanos dominados y masacrados por Europa-, el único además que pretende revertir el orden establecido por medio de la violencia, aunque sea a costa de dejarse dominar por otro amo aún más fantoche -habría que ver por cuanto tiempo-, en una suerte de planteamiento prerrevolucionario. El contrapunto -también el complemento- a esta rabia subversiva lo pondría el viejo consejero Gonzalo, a quien le placería establecer en el islote una sociedad ideal, una utopía donde todo fuera armonía y buen rollito.


Si es Calibán el auténtico protagonista  de La tempestad, con más razón habría de serlo de la novela de Margaret Atwood, habida cuenta, además, que se titula justamente La semilla de la bruja... Pues no: el protagonismo se lo lleva aquí un alter ego de Próspero, el director teatral Felix Phillips, traicionado y apartado de su puesto como director de un festival de teatro en una localidad canadiense y que acaba recalando en un programa de alfabetización mediante la literatura para los presos del correccional Fletcher, lo que él aprovecha para montar con ellos una obra de Shakespeare cada año. Hasta que, por fin, llega el momento de interpretar La tempestad. 

Atwood centra toda su narración  en su Próspero/Felix y sus muy penosas circunstancias, con la sutileza psicológica y la perspicacia para observar los detalles que caracterizan a esta autora. Los demás personajes quedan -a excepción, quizás, de la actriz que interpreta a Miranda- reducidos a una serie de bosquejos rápidos aunque suficientemente característicos... Desopilante, por lo demás, resulta el reparto de presos que actúan en la obra, desde el vaina hasta Ocho Manos, pasando por Piernas o Lápiz Chueco... una panda, en todo caso, a la que se le coge cariño y a la que la autora trata con sumo respeto, porque si bien el humor está presente en buena parte de la novela, es un humor suave y socarrón, en ningún caso hiriente ni con los personajes más ruines (bueno, casi).

Entonces, ¿por qué se titula la novela La semilla de la bruja, en una clara referencia a nuestro ínclito Calibán? De hecho, durante toda la novela casi no se hace énfasis en este personaje... En realidad , lo que propone Atwood es que Calibán forma parte de la propia naturaleza de Próspero (de su Próspero/Felix, pero, por extensión, de todos nosotros): si Ariel se podría identificar con la parte luminosa, creativa y espiritual de la naturaleza humana, con el neocórtex más desarrollado, si se quiere, Calibán sería nuestro lado oscuro, vengativo aunque también insumiso, el cerebro reptiliano que todos tenemos ahí, más o menos escondido, hasta que, por algún motivo,  toma el control de todo nuestro ser.

En fin, una novela que tal vez no será considerada entre de las mejores obras de Margaret Atwood, pero que sin duda resulta de lo más recomendable para leer. Y a Shakespeare, claro... ; )


Otras obras de William Shakespeare reseñados en Un Libro Al Día: Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo
Porrón de reseñas de libros de Margaret Atwood en Un Libro Al Día: Aquí

martes, 15 de mayo de 2018

John Barth: El final del camino

Idioma original: inglés
Título original: The end of the road
Año de publicación: 1957
Traducción: Mariano Peyrou
Valoración: bastante recomendable

Aclaración logística: leí La ópera flotante en la edición de Península de hace unas décadas, pero ahora he acudido a esta curiosa edición de Sexto Piso, en que integra las dos primeras novelas de Barth, para leer la segunda. Decisión, por cierto, muy acertada, ya que las dos novelas tienen un cierto aire unitario, un espíritu que contribuye a cohesionar la presencia común de hombres aislados que acaban formando parte de extraños triángulos amorosos, cuestión que no deja de ser chocante en novelas que ya tienen como sesenta años y que, con la salvaguarda de la evolución social, mantienen un curioso aire vanguardista, como si esos personajes que parecen extraídos de cuadros de Edward Hopper vinieran a visitarnos a nuestro mundo de hoy en día.
Y aunque El final del camino no sea el tipo de novela que puede gustar a todo el mundo ni el tipo de novela que suele proclamarse como capital en la evolución de la literatura, resulta que deja sensaciones en el lector que no están al alcance de muchas novelas de apariencia tan modesta. Los personajes quedan definidos y casi grabados en quien lee. No solamente el trío amoroso, Jake, Joe y Rennie, también la improbable cuarta en discordia, Peggy, el misterioso Doctor al que Jake acude cuando sufre sus ataques de paralización. Pero si hasta dos objetos inanimados, la estatua del Laocoonte y el Colt que Joe posee, resultan figurar casi como personajes secundarios, tal es la capacidad de Barth para dotar de carácter a los elementos que forman parte de su narración. Y la historia puede importar, claro, pero el tinte existencialista y surrealista pesan ahí. Jacob Horner es un profesor que encuentra trabajo a expensas de las instrucciones del Doctor, misterioso personaje que lo trata, aunque parece más bien que lo seduce y lo embauca.
Las reflexiones de Jake sobre lo que le acontece oscilan desde lo filosófico hasta lo ligeramente alucinado, pero su vida se desenvuelve con una naturalidad pasmosa. Se muestra contrariado cuando, a la búsqueda de un sitio donde alojarse, el que encuentra se ajusta a la perfección a lo que pretende encontrar. Necesita, piensa, el espacio de una duda, el margen de una reflexión, como si le frustrara que las cosas sean sencillas y se le presenten sin complicaciones. Seduce con facilidad a una cuarentona, Peggy, que encuentra casi por casualidad. Intima con los Morgan, pareja a la que conoce pues Joe es compañero de trabajo. Y establece una extraña relación envenenada, nudo de la narración, guiada por una especie de lujuria que Jake no llega a explicarse, como si las circunstancias obraran siempre para hacerle caer en la trampa. La situación es incómoda y no va a tener una buena salida, pero en ese devenir Barth va soltando cargas de profundidad sobre la sociedad del momento. Ése es el detalle que hace de Barth un escritor por encima de muchos. La capacidad de perdurar por encima de las circunstancias particulares de sus novelas y de trascender en esa cualidad que me veo tan incapaz de definir como de encontrar en la gran mayoría de los escritores. De los de hoy, diría que apenas Houellebecq, Franzen y Tom McCarthy son capaces de eso: de retratar sociedades enteras, casi civilizaciones, por mera fractalización de sus puestas en escena, de colar por capilaridad vidas anónimas como representaciones universales.
Pues eso Barth ya lo hacía hace sesenta años.
Echadle un galgo.

También de Barth en ULAD: El plantador de tabaco

lunes, 14 de mayo de 2018

Afonso Cruz: La muñeca de Kokoschka

Idioma original: Portugués
Título original: A boneca de Kokoschka
Traducción: Teresa Matarranz
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

No es fácil reseñar un libro como este, no lo es. Porque es un libro que engaña desde el título. No trata ni de la vida del pintor ni de las vanguardias artísticas de la época  ni nada por el estilo. Eso sí, Koksochka y su muñeca aparecen y juegan un papel importante en el desarrollo de la novela, tanto como imagen esclarecedora como nexo de unión de las diferentes historias.

Podría empezar hablando de su argumento, diciendo en versión “resumen resumido” que este es un libro sobre la "Otredad", sobre cómo vemos, sobre cómo nos vemos y sobre cómo nos ven. Pero diciendo solo esto me quedo muy corto. 

Podría hablar también sobre la estructura del libro. Tres partes divididas en brevísimos capítulos (apenas unas líneas a veces, otras un puñado de páginas). Tres tiempos y tres (o más) lugares en los que se mezclan realidad y ficción. La vida dentro de un libro que a su vez incluye varias vidas o posibilidades de vidas, como las famosas matrioshkas o como los libros de “Elige tu propia aventura”. 

Podría hablar además sobre el estilo de Afonso Cruz: poético, fragmentario, elíptico, pero también naif, fresco y divertido. Es el clásico libro que, si no fuera porque lo pedí prestado en la biblioteca, podría haber dejado todo subrayado y pintarrajeado ya que está plagado de frases “lapidarias”, sentencias con las que llenarías tu carpeta de la adolescencia.

Y podría, por último, hablar de autores a los que me ha recordado: Kafka (palabras mayores, lo sé), Borges (aunque solo sea por esos libros dentro de libros), el también portugués Tavares y su Jerusalén o el Unai Elorriaga de “Un tranvía en SP”.

Por si queréis algún dato más: lugares como Dresden, Budapest, África, París o Lisboa y tiempos como 1945, la Europa de entreguerras, la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial...

Pero no sé si con todo lo dicho queda algo en claro. Me inclino a pensar que no. Si es así, olvidad todo lo anterior y quedaos simplemente con que “La muñeca de Kokoschka” es un muy buen libro, triste y hermoso al mismo tiempo, que bajo su apariencia de juego esconde múltiples caras y múltiples posibilidades de interpretación para el lector. Vamos, como la vida misma.

P.S.: Cómo es posible que libros tan interesantes como este pasen absolutamente desapercibidos y truños manifiestos sean considerados por la crítica especializada como "the Next Big thing"?